El baba au rhum o los éclais de Stohrer en París; las zaletti venecianas junto a los cafés de autor del Caffè Florian o más cerca, los aclamados churros con chocolate de San Ginés en Madrid. Estas instituciones históricas demuestran que, pese a las tendencias y los novísimos negocios que TikTok se encarga de poner en el mapa, lo de siempre resiste y sigue vindicando dulces centenarios y el oficio de la hostelería. Sevilla no es ajena a todo esto y en la confluencia de Sierpes y la plaza que le da nombre, La Campana lleva más de un siglo marcando el compás de las mañanas hispalenses.
Entrar a esta pastelería es acceder a la memoria, a una Sevilla decimonónica que se detiene frente al mostrador de caoba y se entrega a las miniaturas dulces de gran factura que ofrece su vitrina.
Un legado forjado sobre las cenizas del parque de bomberos

La historia del establecimiento arranca a finales del siglo XIX en un emplazamiento singular. En 1885, el maestro pastelero Antonio Hernández Merino decidió levantar su negocio en el solar donde se ubicaba la antigua estación de bomberos de la ciudad. Lo que comenzó como un modesto obrador familiar terminó convirtiéndose en el epicentro dulce de Sevilla.
A lo largo de sus casi catorce décadas de vida, Confitería La Campana ha sido testigo de la transformación de la ciudad. Por sus mesas de mármol han pasado literatos, artistas y generaciones de familias sevillanas que han transmitido la costumbre de visitar la casa de padres a hijos.
Su cuidada estética art nouveau, con vitrinas de madera tallada, espejo y rótulos dorados, conserva el encanto señorial de las grandes confiterías europeas de la época.
El arte del desayuno de toda la vida
La Campana ha sabido aglutinar a públicos diversos, del cliente habitual al foráneo y muchos visitantes curiosos.
Hubo un tiempo, mucho antes de la era del brunch, en el que su velador alojaba a decenas de comensales cada mañana para desayunar. Café servido en taza de loza, panes de miga firme, suizos, bollos de leche o cruasanes recién horneados.
Los dulces que han marcado época

Por encima de todo, el verdadero corazón de La Campana reside en su obrador artesanal, donde los maestros pasteleros siguen ejecutando recetas con fórmulas tradicionales que rechazan la producción industrial. Las más populares de la confitería son:
- Yemas de San Leandro: delicadas esferas elaboradas exclusivamente con yema de huevo y azúcar, deshaciéndose en boca con una textura sedosa
- Cortadillos de cidra: polvorones rellenos de cabello de ángel casero y espolvoreados con azúcar impalpable, un clásico atemporal.
- Lenguas de gato y milhojas: hoja fina de hojaldre caramelizado combinada con crema pastelera o nata fresca de elaboración diaria.
- Pestiños y piñonates: recetas de clara herencia andalusí, bañadas en miel pura y especiadas con ajonjolí y matalahúva.
Pese al paso de los años, las modas gastronómicas y la transformación del centro histórico, La Campana permanece fiel a sus orígenes. Estación de paso obligada durante la Semana Santa —donde sus torrijas son objeto de culto— o en Navidad a propósito de sus roscones. Ideal para llevar a visitas o para regalar un obsequio dulce que sepa a tradición.