Acodarse a una barra. Ese artefacto tan propio de nuestra tierra que congrega a comensales ávidos de platillos y bebida y convierte el mediodía en un rito se hace cada vez más indispensable. Y si la gastronomía se revisa, Tribeca hace lo propio otorgándole importancia a su barra, que desde ahora también recibe a paladares en busca de una mirada más espontánea en esta refinada casa de Pedro Giménez.
Y así, lo que nació como un rincón complementario es hoy un escenario más fresco donde la técnica se encuentra con la temporada en el mismo restaurante.
Romper la barrera del mantel blanco
Desde su apertura en 2002, Tribeca se ha consolidado como un referente de rigor. Y ante la cuestión de acercar la excelencia a un público que busca experiencias más informales, la respuesta es su barra.
Un espacio diseñado para reducir distancias entre tapas y platillos que mantienen la misma exigencia que el menú formal, pero con un espíritu mucho más libre.

La barra de Tribeca basa su atractivo en el movimiento constante. Producto de mercado que varía en función de lo que el mar o la tierra ofrecen cada día. Los «fuera de carta» permiten al equipo de cocina experimentar con formatos más directos.
La ensaladilla de gambas, su sugerente tartar de carabineros, la brandada de bacalao, aceitunas negras y naranjas son solo algunas de las viandas que desfilan por su barra. También los callos de ternera o la tortilla de langosta y panceta ibérica.
Pedro Giménez, sin artificios y con mucho jazz
Entender la cocina de Tribeca es entender la trayectoria de su creador. La propuesta de Pedro Giménez no es fruto del azar, sino de una curiosidad cosmopolita que se refleja en cada detalle, desde la bodega al hilo musical.
De Francia aprendí la técnica precisa y el respeto al producto; de mi experiencia en Reino Unido y Estados Unidos, la mirada contemporánea y la ruptura de los convencionalismos; de China, la sensibilidad por las texturas y la ausencia de estridencias, del Teatro Real de Madrid, la disciplina y la rigurosidad en la ejecución. Y de mi familia, el amor más absoluto por la materia prima.
La mano de Pedro Giménez desprende finura y desnudez. Una cocina sin artificios que desde ahora marida con una propuesta más próxima al comensal sin renunciar a la esencia de Tribeca.