El infierno que Santa Teresa vivió en Sevilla

La monja fundadora de la Orden de Carmelitas Descalzos pasó todo tipo de penurias durante su estancia en Sevilla.

Gian Lorenzo Bernini inmortalizó a Teresa de Jesús en pleno éxtasis mientras que recibe el don místico de la transverberación, que viene a ser una unión íntima con Dios. En resumidas cuentas, Teresa está teniendo un orgasmo similar al que tú sientes cuando estás a dieta y te metes un plato de croquetas entre pecho y espalda.

Sin embargo, tras investigar cómo fue la estancia de la Santa en Sevilla, tenemos la ligera sospecha de que esta tranverberación podría interpretarse perfectamente como la fatiga que le produjo Sevilla y es que la capital andaluza y ella no hicieron muy buenas migas.

 

Historia de un (des)amor

Esta tortuosa relación comienza una mañana de mayo de 1575, cuando Teresa entró en Sevilla en una caravana con seis monjas y otros viajeros. Por aquel entonces, Sevilla era la ciudad más habitada de España debido a su situación estación estratégica como puerta y comercio de Indias. No obstante, no era precisamente acogedora.

Teresa llegó a Sevilla con el claro objetivo de fundar un nuevo convento, pero no sabía que iba a tener que superar las doces pruebas de Hércules y que su estancia en la ciudad se podría convertir en una sitcom o en una película de terror.

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“Querido diario: tenía constancia de la existencia del Infierno, pero no sabía que lo conocería en vida”.

Con lo primero que tuvo que lidiar fue con el arzobispo Cristóbal de Rojas y Sandoval, quien ya había tenido que hacer frente a clérigos y beatas tocados por iluminaciones y no quería repetir la experiencia, así que obvió totalmente sus peticiones y, por si fuera poco, hizo todo lo posible por frena la ambición de Teresa.

Al final, pudo fundar el primer monasterio de carmelitas sevillanas en la calle de las Armas (actual Alfonso XII), en un edificio en ruinas, pero Teresa seguía en el punto de mira del Santo Oficio. Hay que recordar que para este cualquier acto se consideraba herejía y era muy fácil lanzar un bulo.

El segundo convento que funda Teresa fue posible gracias a su hermano, Lorenzo de Cepeda, que aportó 6.000 ducados de oro con los que pudo adquirir un edificio en la calle de la Pajarería (actual Zaragoza). Las monjas se mudaron a este convento, pero la estancia no fue fácil: el solar colindaba con la huerta del convento de San Francisco y los monjes se negaron a compartir el agua con sus vecinas (por favor, ¿cuándo van a hacer una comedia de esto?). Fue en este momento cuando Teresa dijo su frase: “Entre santa y santo, pared de cal y canto”.

A pesar de estas pequeñas disputas vecinales, las descalzas vivieron durante doce años en Pajarería y Teresa se marchó de Sevilla sin conocer el tercer convento de su congregación que aún sigue en pie, el de San José del Carmen —conocido como Las Teresas—, en el barrio de Santa Cruz.

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Convento de San José. Fuente: Wikipedia

 

El peor enemigo de Santa Teresa

Santa Teresa lidió con sacerdotes, monjes, arzobispos, una priora —María de San José— que no supo hacerse con las riendas de la congregación, una monja  que tuvo una relación con su director espiritual y otras vicisitudes, pero tuvo un enemigo peor que la Inquisición: el calor.

Hay que comprender que Teresa era de Ávila, cuyo clima era diametralmente opuesto al de Sevilla y que ni siquiera una Santa es capaz de aguantar las infernales temperaturas que se sufrían en la ciudad.

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“Señor bendito, 40º, ¿pero cómo pueden vivir estos cristianos en esta ciudad?”

 

A Dios pongo por testigo que no vuelvo a pisar esta ciudad

Teresa abandonó Sevilla de la misma forma que los protagonistas de una peli de terror se marchan de una casa maldita, pero antes le envió una carta a su sobrina María Bautista en la que resume a la perfección su estancia:

Yo confieso que esta gente de esta tierra no es para mí, y que me deseo ya ver en la de promisión, si Dios es servido. Las injusticias que se guardan en esta tierra es extraña, la poca verdad, las dobleces. Yo le digo que con razón tiene la fama que tiene . Bendito sea el Señor, que de todo saca bien.

En resumidas cuentas, si alguien le hubiera preguntado a la Santa cuál es el color especial de Sevilla, lo más seguro es que esta hubiera contestado “negro oscuro azabache”.

 

 

Fuentes: Galeón / Huellas de Teresa / Sevillapedia / El Mundo

 

 

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