Los cafés, como espacio donde se sucedían actividades lúdicas, sociales y hasta económicas, se consagraron en el viejo continente y llegarían a España desde las postrimerías del siglo XVIII. Jovellanos ya los mentaba y, en una memoria publicada en 1790, los bautizaba como casas de conversación.
Un negocio de los restauradores primitivos que, en palabras de un periodista del Diario de Barcelona en 1795, «son en todas partes los parajes más concurridos por ser el centro político de las ciudades». En ellos se han inspirado libros, se han situado películas y hoy quedan algunos, apunta Antonio Bonet Correa en Los cafés históricos «como un lugar de reunión y encuentro, de conversación e intercambio social. Un espacio público y ciudadano».
En la Sevilla decimonónica los había y también en el siglo XX como importante protagonista del callejero de la ciudad. Del Café Suizo o el de La Perla al Placentines que discurrían por las inmediaciones de La Campana, Sierpes o la Plaza del Duque. En ellos se concentraban los intelectuales del momento para prolongar sus tertulias entre vituallas y una decoración clásica.
De esta guisa uno se encomienda al Gran Café España, el proyecto al que Ramón López de Tejada (otrora al mando de la Antigua Abacería de San Lorenzo) le sacara lustre en la primavera de 2024.
Situado en la milla de oro gastronómica de Sevilla, en el local que antes ocupara la tienda de Muebles Matamoros, este negocio bebe de la hospitalidad de otro tiempo.
En su interior, uno puede prodigarse al yantar desde el desayuno hasta la última copa de Amontillado.
La estética de los clásicos con una barra informal

El Gran Café España huye de los minimalismos y alberga una estética romántica, patente en su tipografía, el papel pintado con motivos florales o el azul profundo que todo el impregna.
Lo interesante, en todo caso, es lograr que lo vetusto no luzca un decorado y más allá del mostrador parezcan reales los manteles, los espejos, el servicio y su iluminación.
Al frente del negocio, Ramón destila ese garbo que solo pueden abanderar esa estirpe de sevillanos icónicos. Hay en sus formas y en su dialéctica una manera de entender el servicio con ecos de otro tiempo.
Y uno realiza ese ejercicio de nostalgia cuando entra en el establecimiento, se entumece con el aroma del incienso y husmea entre las corbatas de Conde Rivas que se exhibían el día de nuestra visita.
¿Y qué se come en el Gran Café España?

El negocio se presta al ocio gastronómico desde primera hora y dispensa una colmada carta de desayunos. Al clásico que comprende café y mollete con ingredientes habituales (entre 3 y 6 € con la bebida incluida) hay que sumar otras propuestas más suculentas.
Dispensan desayunos especiales con, por ejemplo, tortilla de patatas hecha al momento o el que es el buque insignia de esta casa y que lleva su nombre.
Y es que por 24 € el desayuno «Gran Café España» incorpora copa de cava o vino, zumo de naranja natural, café (o infusión o cacao soluble) y un despliegue de salados. A saber: huevos revueltos, bacon, salchicha, chopped pork, pan tostado, bollería u hojaldrada salada además de un molletito de jamón.
Sin aludir a la tradición como un pretexto, Gran Café España despacha charcutería, tapas y algunos clásicos inherentes al hostelero. A este respecto, hay especial incidencia en los guisos, destaca el arroz negro con alioli y langostinos al ajillo o los inherentes platillos de huevos de Ramón, que siempre son un acierto.
Asimismo, la carta incide en los vinos, con particular atención en los vinos andaluces, espumosos y licores y la sección de postres es una comitiva de tentaciones clásicas.
Flan de café, milhojas de nata o torrija sevillana flambeada con aguardiante son algunas de sus propuestas.