La estación ferroviaria que se construiría en París a propósito de su Exposición Universal de 1900 hoy alberga el Museo de Orsay y obras de Renoir, Manet y Degas donde antes irrumpía el olor a carbón. La misma lógica aplica en otras antiguas estaciones, como la histórica Estación de Córdoba en Sevilla, cuya nave arquitectónica aloja un centro comercial, con terrazas de interior y salas de cine.
Durante casi un siglo, empero, alojó su gran puerta hacia Madrid, Huelva, Extremadura y el norte peninsular. Un enclave, de hecho, en el que Inés Rosales empezaría a vender sus famosísimas tortas de aceite.
La joya neomudéjar de Santos Silva
A finales del siglo XIX, la Compañía de los Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante (MZA) necesitaba una terminal de primer nivel para consolidar su conexión con la capital andaluza.
El proyecto se encomendó al ingeniero José Santos Silva, quien concibió un edificio representativo que aunaba el alarde técnico de la Revolución Industrial con la identidad visual andaluza.
De estilo neomudéjar e historicista, y con ecos a la gran mezquita de Tánger y en el Patio de los Leones de la Alhambra de Granada, se inauguró en el año 1901.
Su fachada combina ladrillo visto con un imponente cuerpo central, elementos neomudéjares y, en su interior, una superestructura metálica y una gran bóveda de hierro y cristal.
Aunque su denominación oficial era Estación de Plaza de Armas, el destino más directo y frecuente de sus líneas le valió para siempre en la memoria sevillana el apelativo de «Estación de Córdoba».
1990: el silbato final y el revulsivo de la Expo ’92
Durante décadas, la estación fue testigo de despedidas, llegadas de personajes ilustres, el trasiego comercial de Andalucía y una Sevilla que de a poco se iba transformando. Tan así que la designación de Sevilla como sede de la Exposición Universal de 1992 aceleró una reordenación urbanística integral.
La llegada de la alta velocidad (AVE) exigía una infraestructura moderna que motivaría la construcción de la estación de Santa Justa.
Asimismo, el cierre de la vía férrea que bordeaba el río permitió desmantelar el tapón ferroviario y abrir definitivamente la ciudad al cauce histórico del Guadalquivir. En otoño de 1990, la Estación de Córdoba despidió su último tren comercial tras casi noventa años de servicio ininterrumpido.
Durante los seis meses de la Expo ’92, el edificio tuvo un uso efímero como Pabellón de Sevilla, antes de que se decidiera su destino a largo plazo dentro del patrimonio civil de la ciudad.
De andenes de vapor a galerías comerciales
En lugar de condenar la nave al abandono o al derribo —destino común de muchas terminales industriales del siglo XX—, se optó por un proyecto de rehabilitación adaptativa.
Para tal propósito, la antigua zona de vías y andenes se transformó en una plaza comercial multinivel donde las tiendas ocupan los laterales bajo la imponente armadura metálica original.
Al complejo se incorporó oferta cinematográfica y zonas de restauración. La proximidad con la estación interurbana de autobuses dotaron al enclave de un flujo continuo de público local y viajeros.
Nuestro tiempo, así como nuestro consumo, han hecho de este espacio un contenedor cultural capaz de proyectar partidos en gran pantalla, celebrar el Festival Andaluz de Comedia Alternativa (FACA), o eventos relativos al Festival del Cine Europeo de Sevilla.
La intervención conservó las cerchas metálicas, los remaches y la cristalera cenital, manteniendo legible el pasado fabril y ferroviario de la nave.