¿Por qué el palodú es la mejor chuchería de nuestra infancia?

palodul
No has tenido una buena infancia si nunca has salido del colegio y te has ido directo a comprar palodú.

Más de un turista se queda perplejo cuando ve los puestos de Sevilla en los que se vende el palodú porque ni siquiera llega a entender que estos “tronquitos” sean comestibles. Pero para un sevillano, el palodú es un manjar y una forma de volver a la infancia.

Es curioso porque en la antigüedad se usaba como un remedio natural porque tenía propiedades antiulcerosas, expectorantes y laxantes, aunque actualmente se emplea mucho en gastronomía como edulcorante. Es más, hay algunas bebidas alcohólicas que contienen palodú, como el licor de regaliz o se añade a algún combinado, sobre todo en los de ginebra.

Por otra parte, es gracioso porque en cada casa lo llaman de una forma distinta: las más comunes son palodul, palodú o palodulce, pero también se le llama regalicia, regaliza, rogalicia, palodulce, palo-luz, erregali, alcancuz, alcarzuz, orojué, melosa, palulú… A veces, la denominación ha provocado más de un conflicto idiomático.

Lo que más nos gustaba del palodú de pequeños era ese momento en el que lo compartíamos con un amigo y lo intentábamos partir por la mitad exacta (aunque después siempre se llevaba alguien la mejor parte).

Y lo mejor de todo es que al igual que un chupa-chups, te podía durar una eternidad y además era un dulce natural. ¡Nada que ver con las chucherías de ahora que tienen más productos químicos que un laboratorio!

Es tal la fama de esta chuche que incluso el autor Julio Muñoz Gijón, más conocido Rancio Sevillano, escribió una novela que llevaba por título El crimen del palodú.

Por muchos años que pasen, nosotros vamos a seguir disfrutando de esta chuchería y seguiremos cayendo en la tentación cada vez que pasemos por uno de los puestos de la Avenida de la Constitución.

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